La reciente Media Maratón de Buenos Aires tuvo un protagonista extraordinario. El etíope Yomif Kejelcha Atomsa recorrió los 21 kilómetros en 56 minutos y 51 segundos, estableciendo un nuevo récord mundial. La competencia reunió a más de 31.000 corredores y los atletas etíopes ocuparon los primeros lugares. La imagen vuelve a despertar una pregunta que nos inquieta y nos genera curiosidad: ¿por qué los etíopes y también los kenianos suelen imponerse en este tipo de competencias? ¿Hay algo diferente en sus músculos, en su corazón o incluso en sus genes? Desde el punto de vista médico y fisiológico, vale la pena analizar las distintas aristas de este fenómeno. Lo primero que debe decirse es que la ciencia no ha encontrado un “gen etíope” o “gen keniano” de la resistencia, ni una estructura muscular exclusiva que explique el fenómeno. Las investigaciones indican, por el contrario, una combinación de factores genéticos, ambientales, antropométricos, culturales y deportivos. Una de las claves parece encontrarse en la economía de carrera: la cantidad de oxígeno y energía que un corredor necesita para desplazarse a determinada velocidad. Dos atletas pueden tener un VO₂ máximo extraordinario y, sin embargo, uno necesitar menos oxígeno que el otro para correr al mismo ritmo. En una prueba de 21 o 42 kilómetros, esa pequeña diferencia puede resultar decisiva. El músculo del atleta de élite se transforma con los años de entrenamiento. Aumenta su capacidad oxidativa, mejora la red de capilares que lleva sangre y oxígeno a las fibras y se multiplica la eficiencia de las mitocondrias, esas pequeñas estructuras celulares encargadas de producir energía. También intervienen las fibras musculares. Las fibras tipo I, llamadas lentas, son resistentes a la fatiga y especialmente eficientes para utilizar oxígeno. Son fundamentales para las pruebas de fondo. Pero sería simplificar demasiado decir que los africanos son mejores corredores simplemente porque tienen “más fibras lentas”. La diferencia parece encontrarse también en cómo funcionan esas fibras y en la eficiencia de todo el sistema muscular. Tampoco el secreto está en producir menos “ácido láctico”. El lactato se produce en todos los atletas. Lo extraordinario del corredor entrenado es su capacidad para utilizarlo y reciclarlo como combustible, retrasando la aparición de la fatiga. Hay además un factor ambiental. Muchos corredores de estas regiones crecen y entrenan a gran altitud, donde el organismo debe adaptarse a una menor disponibilidad de oxígeno. Y numerosos niños comienzan desde pequeños a caminar y correr grandes distancias. Cuando llegan al entrenamiento profesional, llevan años construyendo una formidable maquinaria aeróbica. A esto se suma una intensa selección deportiva. Entre miles de jóvenes aparecen individuos con una combinación particularmente favorable de características físicas y fisiológicas. Son precisamente ellos quienes llegan a la elite. Por eso no existe un único secreto. Genética, corazón, músculos, metabolismo, economía de carrera, constitución corporal, altitud, entrenamiento y cultura deportiva forman un conjunto difícil de separar. Quizás la mejor comparación sea la de dos automóviles. Ambos pueden tener motores extraordinarios, pero uno necesita menos combustible para recorrer la misma distancia. Después de 21 kilómetros, esa diferencia puede decidir quién llega primero. El misterio de los corredores africanos no está, entonces, en una raza destinada a correr. Está en la extraordinaria interacción entre lo que cada individuo trae consigo y aquello que el ambiente, la voluntad y el entrenamiento consiguen hacer con ello. La ciencia continúa buscando respuestas. Pero cada carrera, como esta extraordinaria Media Maratón de Buenos Aires, nos recuerda que el campeón no es solamente producto de sus genes ni solamente del entrenamiento. Es el resultado de una fascinante combinación entre biología y aprendizaje, predisposición y esfuerzo, cuerpo y ambiente. Y quizá allí esté la verdadera explicación de por qué, una y otra vez, los vemos llegar primeros.

Juan L. Marcotullio 

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